Actitudes hacia la sexualidad

Existían de antiguo actitudes negativas hacia la sexualidad en la vejez, particularmente entre las personas más jóvenes, pero también entre las de mayor edad.
Los mayores se veían a sí mismos menos atractivos que los más jóvenes, y menos merecedoras de disfrutar del placer sexual. Sus actitudes eran conservadoras, estaban muy poco informados, y no se sentían cómodos al hablar de sexo con un entrevistador. Otros estudios, no obstante, hacían hincapié en la disposición de los mayores para aprender más, y en su interés por participar en la investigación en este campo.
Los trabajos más recientes sugieren que se han producido ciertos cambios positivos: mayor receptividad y voluntad de participar en las charlas sobre sexualidad de los participantes de los estudios.
Por el contrario, unos autores (1997) observaron que la inclusión de preguntas sobre sexualidad perjudicaba a la selección de participantes, de manera que las eliminaron. Otros autores (1996), en un estudio con universitarios, demostraron que los conocimientos y actitudes de estos jóvenes se veían muy influidos por el hecho de tener una buena relación con sus abuelos y abuelas; no obstante, si esta relación no existía, la información por sí sola no se traducía en una actitud positiva. Otro autor más (1998) comparó a los residentes ancianos de centros de larga estancia con el equipo de profesionales, sugieriendo que, en general, los profesionales tenían unas actitudes más tolerantes que los propios residentes. Sin embargo, en algunos temas en concreto no se producía esta situación, como por ejemplo en el caso de la homosexualidad y la disponibilidad de revistas eróticas en el centro, respecto a los cuales los residentes eran de opiniones más liberales.
En resumen, nuestra comprensión colectiva de la sexualidad en la vejez ha avanzado en cierto modo desde una estrecha perspectiva sobre la actividad sexual y los cambios fisiológicos relacionados con el envejecimiento. La sexualidad, tanto en mayores como en jóvenes, va más allá. Incluye todas las intimidades físicas que se experimentan agradablemente en la familiaridad de una pareja: la felicidad de que alguien le rasque la espalda, ser abrazado, calentarse los dedos de los pies con los pies de otro en la cama, no darle importancia a si la puerta del baño está cerrada, y la aceptación relajada de la alteración de la apariencia física, debido a los lazos irrompibles de la memoria con el tiempo en que empezó la atracción y la propia relación. También incluye una mirada de aprobación, la conciencia de un potencial intercambio sexual en cada nuevo encuentro, y el romance y la excitación inherente a la sensación de ser admirado. La sexualidad va ligada al sentimiento orgulloso de la identidad, a la capacidad de avlorarse a sí mismo en cuanto a dar y recibir, a tener un lugar en la vida del otro, y a entenderse de manera amigable con el propio cuerpo.
Esta definición puede otorgar un amplio sentido a la “sexualidad”, pero el sentido aribuido a una acción dependerá de quien la esté realizando: lo que es inocente para mí puede resultar erótico para otro. La enfermera del distrito, segura en su propia relación sexual con su esposo y en el amor de sus hijos, puede no darle ninguna importancia a lo que sucede cuando baña al anciano viudo, que perdió a la única persona que realmente estuvo muy cerca de él durante 15 años. Pero sus acciones pueden tener otro significado emocional para él, y puede responder en consonancia.
El cuidado que se ofrece a los ancianos suele ser más íntimo y (afortunadamente) más afectuoso que el que se ofrece a pacientes o residentes de otras edades; los cuidadores es más probable que no hayan recibido una formación específica y que trabajen por su propia cuenta. La sexualidad implícita pero callada de las relaciones de cuidado es necesario que se comprenda y se acepte. Por otra parte, su expresión abierta es más chocante e induce más confusión a medida que avanza.
El contacto físico de los mayores con sus cuidadores es una compleja y fundamental área de estudio, que se relaciona con el respeto por la privacidad del anciano, la capacidad del cuidador de proporcionarle bienestar o, por el contrario, de comunicarle reserva y distancia, y con todos los aspectos éticos y emocionales relacionados. El tema es bien conocido y se ha tratado ampliamente, sobre todo en el marco de la enfermería. Un autor (1996) ofrece una explicación sensible de estos temas, basándose en entrevistas estructuradas con enfermeras y ancianos de centros de larga estancia. Otro autor (1989) ofrece una revisión muy extensa del contacto físico que no se limita sólo a la vejez.
La ética de las caricias no sexuales en la relaciones psicoterapéuticas es considerada por un tercer autor (1984), que también trata del valor de los tabúes, al permitir ciertas libertades dentro de sus propios límites; volveremos más tarde a esta idea.
No sólo es más probable que los ancianos desencadenen actitudes estereotipadas hacia su sexualidad, también son más vulnerables a los perjuicios derivados de estas actitudes. Los jóvenes e independientes pueden elegir ignorar lo que piensan las otras personas. Algunos ancianos también pueden ser lo bastante independientes como para hacer esto, pero una proporción significativa no son tan afortunados. En algunos momentos, tienen que vivir sus vidas en público con una familia más joven, en un centro residencial o en un hospital, o en su casa pero con ayuda domiciliaria. Entonces la presión para que se comporten de acuerdo con las normas establecidas por los cuidadores puede ser demasiado importante como para permitirles que vivan su sexualidad como deseen. Un ejemplo de esta vulnerabilidad es cuando un paciente transexual anciano, que ha vivido como una mujer toda la vida, necesita una prostatectomía de urgencia El equipo quirúrgico que le atiende puede tener grandes dificultades para aceptar la elección que ha hecho esa persona sobre su identidad sexual. Un autor (1999), en un estudio con cuidadores, señaló las diferentes formas en las que los residentes de larga estancia pierden la privacidad, y el fracaso del equipo de profesionales y de la administración para apreciar la importancia de este déficit.
No son sólo las actitudes de los jóvenes lo que preocupa a los mayores, sino también cómo los mayores se sienteen hacia la sexualidad de los demás. En una residencia de larga estancia, el mayor problema que debe afrontar el equipo de profesionales pueden ser las actitudes de los propios residentes hacia algunas personas cuyas conductas desaprueban. Pero también puede haber diferencia entre los propios profesionales en cuanto a normas soiales y creencias morales, en la percepción de conflictos entre las necesidades de un individuo y las de la institución, y los sentimientos personales (de malestar, rechazo o frustración), que pueden ser estresantes e inducir confusión. En estos casos, es difícil que el equipo de profesionales responda de una forma coherente o útil a los problemas que surgen, y sus dificultades aumentan si en dicha institución no se puede tratar abiertamente sobre temas sexuales. Ésta es la razón por al que los abordajes educativo e institucional pueden ser la respuesta más efectiva a un “problema sexual” expresado a través de la conducta de un residente. Esta forma de afrontar el problema puede comenzar con una reunión con los profesionales, y la pregunta que más probablemente surgirá es: ¿pero esto es normal?”.

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