Epidemiología

Epidemiología

La prevalencia de síntomas depresivos es muy superior a la de episodios depresivos. En el estudio Newcastle-upon-Tyne (1964) se encontró una prevalencia de depresión alrededor del 10% en residentes en la comunidad, aunque sólo el 1,3% cumplía criterios para lo que hoy día se corresponde con un episodio depresivo. En un estudio comparativo entre diferentes países, el 13% de los residentes ancianos en Nueva York y el 12,4% en Londres presentaban síntomas depresivos valorables. La prevalencia en el mes anterior de episodios depresivos en el contexto de un trastorno maníaco-depresivo/depresivo, fue del 1,3 y del 2,5%, respectivamente. Otro investigador halló en Liverpool un 11,3% de síndromes diagnósticos, pero sólo un 3% de psicosis depresiva (trastorno depresivo mayor); no había correlación positiva entre síntomas y enfermedad depresivos y los niveles de problemas o privaciones sociales. De hecho, la incidencia de trastorno depresivo era similar en Nueva York, Londres y Liverpool, a pesar de las claras diferencias socioeconómicas. Sin embargo, fuera de los países de habla inglesa las diferencias son más importantes. En el programa EURODEP, el número de casos candidatos a algún tipo de intervención oscilaba entre el 8,8% en Islandia y el 23,6% en Munich. La prevalencia global fue del 12,3%.
Es necesario interpretar los resultados con cierta cautela. Muchas muestras epidemiológicas pueden ser inadecuadas (número relativamente pequeño de pacientes muy ancianos y una extrapolación al sector de población geriátrica que crece más rápidamente). Sin embargo, otros autores, utilizando una muestra estratificada, hallaron resultados similares en los mayores de 75 años y en aquellos con edades entre los 65 y los 74 años. Los nonagenarios parecen ser un grupo “indestructible” (en contraste con los ancianos “más jóvenes”, tienen una menor incidencia de síntomas depresivos). Por último, los síntomas depresivos suelen tener una mayor prevalencia en mujeres que en hombres al final de la vida; por ejemplo, en el programa EURODEP la media era del 14,1% para las mujeres y del 8,6% para los hombres. Probablemente, la diferencia es menos notable en formas más graves de depresión. En resumen, entre el 10 y el 15% de los ancianos en la comunidad tienen síntomas depresivos de mayor o menor intensidad en un momento dado, pero sólo el 3% tienen un episodio depresivo.
Esta discrepancia entre la depresión como síntoma y la depresión como diagnóstico psiquiátrico requiere una explicación adicional. Estudios de la Universidad de Duke, con un DSM-III modificado, hallaron una prevalencia del trastorno depresivo del 14,7%, subdividida entre el 6,5% de personas con trastornos “disfóricos” secundarios a problemas de salud y el 3,7% con un trastorno depresivo mayor (episodio depresivo): Sólo la mitad de este último grupo tenía trastornos primarios y el resto tenía evidencia de un deterioro cognitivo o trastorno del pensamiento. Se consideró que el 4,5% tenían una “disforia simple”: categoría ya utilizada por otros investigadores. Hoy en día, estos estados subsindrómicos deberían incluirse en la categória de la depresión subsindrómica, como depresión menor o bien como distimia. Aunque se había considerado que los estados depresivos identificados en estos estudios de la década de 1980 tenían mucho en común con los trastornos de personalidad (depresivo), hoy en día se orientan como enfermedad tributaria de intervención “por derecho propio”. Se trata de un cambio importante basado en los hallazgos de los estudios epidemiológicos, que han mostrado en ancianos diferentes patrones de depresión que no cumplen criterios diagnósticos DSM-IV y CIE-10, y en los datos cada vez más numerosos de que la depresión menor no es una trivialidad, sino que se asocia con una considerable morbilidad e impacto en los sistemas de atención sanitaria. Además, otros autores identificaron a un grupo de pacientes distímicos que no cumplían criterios DSM-III para la depresión mayor pero cuya depresión era tan grave como la del grupo con depresión mayor.

Aunque los síntomas depresivos (depresión subsindrómica, depresión menor o distimia) son frecuentes en el anciano, y no se sabe si más frecuentes que entre los adultos jóvenes, no hay datos de que también aumente con la edad la prevalencia del episodio depresivo. Algunos autores hallaron una prevalencia del episodio depresivo en general constante a lo largo de la vida adulta, incluso en los muy ancianos, aunque los influyentes estudios de la North American Epidemiologic Catchment Area (ECA) hallaron una disminución con la edad. Una crítica enérgica al estudio ECA sugiere que la metodología y la muestra pueden haber subestimado la depresión en el grupo de ancianos. Por ejemplo, los casos de fobia eran superiores a los casos de trastornos afectivos, una hallazgo no confirmado en la experiencia clínica, lo que sugiere que estas fobias podían formar parte de los síntomas de un trastorno depresivo no detectado debido al estricto sistema de entrevistas. Sin embargo, otros autores han proporcionado cifras de episodio depresivo mayor similares a las del estudio ECA, y opinan que se debe a la aplicación estricta de los criterios diagnósticos DSM y CIE. Lo que se cree actualmente es que la edad geriátrica se asocia con trastornos depresivos no identificados mediante los criterios estrictos de la clasificación operacional actual.
¿Es la edad per se un factor de riesgo parala depresión?. Unos autores utilizaron los criterios DSM-IV para valorar la depresión en una cohorte de pacientes estudiados epidemiológicamente y concluyeron que los ancianos sin problemas de salud no tienen un mayor riesgo de depresión que otros grupos. Cualquier efecto de la edad era atribuible a los problemas de salud física.
Un hallazgo sorprendente de los estudios ECA fue que los ancianos, que habían pasado por el período de mayor riesgo de depresión, tenían una menor prevalencia durante su vida que aquellos de edades medias. Obviamente, no pueden desacartarse, en el grupo de ancianos, trastornos de la memoria o mortalidad selectiva de aquellos con depresiones tempranas. Otra posible interpretacíón es que los ancianos del futuro podrían tener un mayor riesgo de enfermedad afectiva que los ancianos actuales.
La prevalencia varía según el hábitat. En el Reino Unido, se detectó que un tercio de los ancianos en la consulta del médico general presentaba depresión moderada (tabla 1). Sin embargo, en un estudio estadounidense con criterios estrictos se hallaron cifras inferiores (si bien tan elevadas como del 17,1% basal y del 18,8% después de 9 meses). En ancianos hospitalizados la prevalencia oscila entre el 12 y el 45%, con una media de alrededor del 20% para los episodios depresivos. Lo más inquietante es, quizás, el hallazgo de un “estado mental significativamente deprimido” en casi dos tercios de los ingresados en residencias.
La enfermedad depresiva en el anciano con frecuencia coexiste con una enfermedad cerebral y en muchos estudios se excluyen estos casos. Revisando los estudios publicados se calculó una prevalencia de trastorno depresivo entre moderado y grave en pacientes con Alzheimer del 20%, superior que en los residentes en la comunidad emparejados según la edad. Probablemente, la depresión es más frecuente en la demencia vascular que en la de tipo Alzheimer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*