Sexualidad normal en la vejez; aspectos metodológicos

Masters y Johnson (1966) mediante la observación directa de voluntarios en un laboratorio, obtuvieron una información sobre la fisiología sexual de los hombres y mujeres mayores que hasta el momento todavia no se ha superado en cuanto a detalles y objetividad. No obstante, llegaron a sus conclusiones a partir de un número comparativamente reducido de ancianos. Desde entonces, un número creciente de estudios se ha centrado específicamente en los ancianos. El mejor de estos estudios ha ayudado a identificar dificultades metodológicas importantes en este campo, que deberían tenerse en cuenta antes de que puedan discutirse los resultados de los estudios.


Efectos de la cohorte

Cualquier estudio de los efectos del envejecimiento sobre un fenómeno particular, que implica un corte transversal en la población en algún punto del tiempo, y que después compara a personas de un grupo de edad con otras de otro, confunde el envejecimiento con los efectos de la cohorte. Los mayores en la muestra pueden ser distintos de los jóvenes, no debido a su edad, sino a la época en la que nacieron. Unos autores (1981) exponen este tema muy claramente en relación con estudios sobre la conducta sexual en mayores. Los estudios de sexualidad son especialmente vulnerables al efecto de la cohorte; un estudio de 1973 se centró en mujeres solteras de 60 y 70 años, obteniendo datos sobre este grupo de edad que todavía son valiosos hoy, aunque estas mujeres estudiadas nacieron alrededor de 1890 y, por tanto, pertenecen a una cohorte 50 años más anciana que las personas que actualmente tienen 60 o 70 años.

Problemas con la muestra

Los primeros estudios (1948, 1953, 1966, 1969) fueron realizados con voluntarios, y la mayoría de los estudios posteriores siguieron este ejemplo o bien han recogido sus datos de sujetos que atendían en sus propios centros. Pocos estudios se han basado en muestras representativas de la población. Las limitaciones del coste, de la voluntad de los sujetos potenciales de participar, y de la voluntad de los otros (familiares, administradores de los centros para ancianos, etc.) para permitir la participación de los mayores, normalmente acaban en algún tipo de sesgo de la muestra. La investigación sistemática de la conducta sexual de personas que no son ya competentes para consentir ser entrevistadas prácticamente es inexistente (se puede consultar un trabajo de 1997). Incluso con sujetos voluntarios, ciertos temas es menos probable que se estudien: los mayores son especialmente reticentes a hablar de la masturbación. A los entrevistados jóvenes les resulta difícil mencionar el tema de la sexualidad a las personas mayores: por ejemplo, un autor (1977) observó que por esta razón los datos sobre actividad sexual en esta muestra se obtuvieron sólo de 4 de cada 14 mujeres mayores que no se habían casado nunca. El lugar del que procede la muestra también puede afectar a los resultados. Otros autores (1985) comunicaron notables diferencias en medidas de actividad sexual entre las persnas que vivían en casas y las que vivían en instituciones. La fiabilidad de los recuerdos de los mayores sobre sus inicios en la actividad sexual fue cuestionada por otro autor (1981), que concluyó que la fiabilidad era alta. El efecto de los diferentes métodos de realizar el estudio (p. ej., la utilización de cuestionarios autocumplimentados por el propio paciente en comparación con la entrevista no estructurada) también ha sido mencionado por algunos autores, pero no se ha estudiado sistemáticamente. Otros autores (1987, 1988) señalaron que los mayores preferían responder al cuestionario en un contexto con poco público, con oportunidades para el debate. Las influencias culturales sobre la conducta sexual y las actitudes en este tema han desempeñado su papel en la determinación de diferencas entre los ciudadanos ancianos de distintos países, pero no es posible actualmente llegar a ninguna conclusión sobre este tema.

Resultados individuales en comparación con resultados de grupo

Está demostrado de manera fehaciente el valor de los resultados longitudinales en comparación con los transversales, no sólo en la separación de los efectos del envejecimiento y de cohorte, sino también en la identificación de patrones individuales de comportamiento y su estabilidad a lo largo del tiempo: patrones que de otro modo habrían permanecido ocultos dentro de los promedios de grupo. Por tanto, aunque de promedio la actividad sexual disminuye entre los 55 y los 70 años, para algunos sujetos ocurre lo contrario, y su actividad aumenta en ese período de sus vidas (v. más adelante). Algunos estudios no diferencian entre grupos de edad, o entre las personas que actualmente están casadas o no. Los que pertenecen a un grupo de edad determinado diferirán en su actual nivel de interés y actividad, y en los antecedentes sexuales que han moldeado las actividades y hábitos en su actual edad.

Sexualidad, en sentido amplio (afectivo) y en sentido más limitado (físico)

La mayor parte de los estudios se han ocupado, principalmente, del sexo físico; algunos incluyen la masturbación, las fantasías sexuales y los sueños, pero pocos abarcan los aspectos más amplios de la sexualidad. Algunos preguntan por la duración y satisfacción de las relaciones y el placer derivado de la sexualidad en el pasado. No obstante, muchos estudios asumen de manera tácita que la actividad física del coito equivale al disfrute del sexo: esto no es necesariamente así para todo el mundo, y en especial para las mujeres de la edad que se está estudiando. Los aspectos afectivos de las relaciones entre compañeros sexuales (reales o potenciales), más allá del coito, han sido poco examinados; un estudio de 1980, con una muestra de hombres y mujeres suecos de 70 años, es una excepción.


Relaciones heterosexuales entre personas físicamente sanas como la norma implícita, y los que quedan fuera de la norma

Se ha escrito relativamente poco sobre las vidas de los homosexuales de cualquier sexo a medida que envejecen. Un autor (1995) comparó a un grupo de ancianos homosexuales con sus homólogos heterosexuales. De entrada, se trataba de un grupo seleccionado (urbano, de clase media, y con buen nivel educativo). Observó que el grupo homosexual había construido sus redes sociales más alrededor de los amigos que de los familiares (las mujeres más que los hombres); estas redes sociales eran fructíferas y proporcionaban mucho apoyo, y las personas no estabn más deprimidas ni solas que los ancianos heterosexuales. Un autor (1998), en una revisión de la bibliografía sobre ancianas homosexuales, confirmó estos hallazgos, pero también destacó la vulnerabilidad de las parejas que no habían reconocido públicamente su situación, ante la interferencia de otros en la toma de decisiones sobre su cuidado, pérdidas del ser querido, y sus derechos sobre la propiedad. Otro autor (1996) ofrece una buena descripción de un grupo de apoyo para personas mayores homosexuales y de los temas particulares que les afectan.
La sexalidad de una persona soltera que vive sola también se ha pasado por alto en la bibiografía.
Por último, el tema de la sexualidad en contextos de enfermedad está relativamente poco explorado. Las enfermedades físicas son una de las causas más comunes de interferencia en la vida sexual de los mayores, y con frecuencia señalan el fin de la relación sexual con la pareja (especialmente cuando es el hombre el que está enfermo) El final de la relación sexual no necesariamente significa el fin de toda la sexualidad en la relación: algunas parejas son capaces de adaptarse con éxito y felizmente a esta limitación, aunque otras, por desgracia, no pueden hacerlo. Ningún estudio parece haber seguido el proceso de adaptación de una relación sexual en las enfermedades típicas de la vejez como los ACVs y la enfermedad de Parkinson, con la excepción de la demencia.

¿Qué significa “normalidad”?

Lo que se considera “normal” puede depender de cada persona. Si se pretende que nadie mayor de 60 años puede disfrutar del sexo, esta afirmación es refutada por la demostración de que algunos mayores de 80 años disfrutan del sexo, lo que demuestra que no existen límites fisiológicos o psicológicos absolutos para la actividad sexual en la vejez. Pero, si los mayores de 60 años pueden disfrutar del sexo, ¿por qué no lo hacen todos?. Esta pregunta necesita respuestas más detalladas. Por ejemplo, puede ser que una proporción de personas en cada grupo de edad no disfrute de las oportunidades para la actividad sexual que desearía (un autor halló en 1982 que al 17% de su muestra de personas de 80 años les gustaría ser sexualmente activas, aunque en ese momento no tenían oportunidad de serlo).
Hoy en día aceptamos que la “normalidad” abarca un amplio rango dee variaciones individuales; que los profesionales deben respetar la individualidad de cada persona en vez de valorarla según una norma imginaria, y que los datos de que disponemos pueden utilizarse para liberar tanto a los mayores como a los jóvenes de conceptos erróneos sobre lo que es normal (y, por tanto, se puede permitir), y ayudarles a que se guien por sus sentimientos sobre lo que está bien y es placentero para ellos y los que les aman.

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